Las
estrategias y recursos utilizados por Herman Melville se pueden apreciar, por
ejemplo, en el capítulo XXIV donde se exponen temas mediante un tratamiento
serio. En este caso, se representa a los cazadores de ballenas de manera fiel y
con la seriedad necesaria para exponer no sólo aspectos externos, sino que
también internos. Se alude al aspecto honorífico de los balleneros, pues no son
meros matarifes como dice el narrador, sino que responsables de muchos
beneficios y avances para la sociedad como lo es el combustible de los
candelabros, lámparas; el hecho de ser responsables de la emancipación de Perú,
Chile y Bolivia de la corona española (176), entre otros. Se presenta al
ballenero de una manera digna, “más poética”, ya que se exponen los grandes
sacrificios que éstos deben soportar: “Pero si, a la vista de todo esto, seguís
declarando que la pesca de la ballena no tiene conexión con recuerdos
estéticamente nobles, entonces estoy dispuesto a romper cincuenta lanzas con
vosotros, y a descabalgaros a cada vez con el yelmo partido” (176). Cuando el
narrador dice: “mirad que somos y hemos sido los balleneros” apunta no sólo a
su desempeño ballenero, sino que a un sentimiento de correspondencia con una
clase social en la que él se identifica y se enorgullece. Esto último, en
conjunto a lo extenso del discurso identitario responde a la gran
característica del realismo que Meville abordará a lo largo de la obra.
El
hecho de que en la novela ficcional se relacione con lugares como Nantucket,
además de nombrar países y procesos históricos reales se entiende como anclaje histórico, pues la novela aspira
a ser una crónica de su tiempo. Asimismo, pretende a provocar en el lector el
efecto real de que hay rumores sobre Moby Dick en base a datos alusiones
referentes como por ejemplo la Historia
Natural de Cuvier o sobre “la sed de sangre” de la que habla Povelson, ya
que son una forma de justificar su relato, pues hay “notables documentos que
pueden ser consultados” (266). La terrible fama del cachalote, por lo tanto, no
es arbitraria: “De modo que aquí, en la real experiencia vivida de hombres
vivos, narraciones fabulosas como los prodigios relatados antiguamente sobre la
sierra de la Estrella en Portugal, tierra adentro […] y aún más prodigiosa
historia de la fuente Aretusa, […] quedaban plenamente alcanzadas por las
realidades del ballenero” (267).
Adicionalmente,
uno de los recursos para esta representación fidedigna recae en mostrar en
forma minuciosa los hábitos y costumbres de los personajes. En el caso del
capítulo XLI, se hace una descripción muy clara en la psicología del personaje
Ahab: “En su corazón, Ahab entreveía algo de esto, a saber <Todos mis medios
son cuerdos; mi motivo y mi objetivo es demente>. Pero sin tener poder para
matar, o cambiar, o esquivar el hecho, sabía igualmente que para la humanidad
había fingido largo tiempo, y en cierto modo, seguía haciéndolo” (271). De esta
forma, se incluyen múltiples microhistorias -como en este caso, el deseo de
venganza del capitán- dentro de una macrohistoria narrada; se presenta también
una atmósfera marina en donde la locura, los sentimientos de terror natural, la
demencia, etc. Se relacionan y envuelven a los personajes haciéndolos
participes y productos tanto de su ambiente como de su historia. Cuando Ismael
dice: “gritaba más fuerte a causa del terror que había en mi alma. Había un mí
un loco sentimiento místico de compenetración” (263) no apunta a otra cosa sino
a esto último, pues la estrategia realista desemboca en que el hombre es
expresión de su circunstancia real.
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